Descubriendo el niño interior
Hace unas semanas fui a un encuentro un sábado: un trabajo en común con otras personas que también querían explorar este aspecto.
Confieso que no tenía ni idea de a qué me enfrentaba; fui por prescripción de la amiga que escribe conmigo en esta bitácora. «Te va a venir muy bien», me dijo. Y yo, confiada, fui.
Desde mi experiencia, este tipo de dinámicas son enormemente enriquecedoras. Igual que vamos al fisio para que nos coloque una lesión o nos alivie un dolor muscular, creo que está bien mirar hacia dónde va nuestra mente, nuestra emoción, y cuestionar el lugar que ocupamos. Qué nos sobra o qué nos falta para sentirnos mejor.
No son dinámicas rápidas ni fáciles. Los niños necesitan espacio, y nosotros, cuando trabajamos con el niño que fuimos, también necesitamos tiempo para contactar con él. En la mayoría de los casos lo tenemos tan escondido, agazapado en una esquina del cerebro, que hay que sacarlo de su sopor y darle permiso para aparecer. Al principio somnoliento y luego vergonzoso, le cuesta mostrarse.

Pero, como todos los niños, cuando se siente a gusto y apoyado, de repente se muestra como un torbellino de alegría y diversión. Otras veces, triste y dolorido. Pero siempre auténtico.
Y así fue la experiencia: una tormenta de sensaciones.
Descubrir que la niña seguía allí, riéndose sin reparo, jugando, bailando… fue realmente asombroso. Es cierto que las personas que acudieron a esta llamada eran especialmente interesantes. Como dice un amigo mío, «siempre está la gente que tiene que estar».
Para terminar, te animo a que vivas una experiencia así.
Siempre te hará un poco más sabio, un poco más comprensivo contigo mismo, y hará que te quieras un poco más.