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¡Abrázame, abrázame mucho!

Es curioso cómo la vida me trae aquello que tanto necesito: ayer Ana me sugirió que escribiera sobre los abrazos, y ese mismo día me pidieron uno.

Hacía tiempo que no nos veíamos; un malentendido nos había distanciado y yo sentía la necesidad de mantener cierto espacio físico con esa persona. Al ratito de vernos me pidió un abrazo; me dijo que hacía tiempo que no nos lo dábamos. Y sí, noté cómo ese abrazo podía sanar la pequeña herida que, sin darnos cuenta, nos habíamos hecho mutuamente. Podía ayudarme a entender.

Fue un abrazo sincero, tranquilo, agradecido por el encuentro, que me calmó y me trajo al momento presente.

Creo que los beneficios de un buen abrazo son proporcionales a su duración. Si observo mi cuerpo, me doy cuenta de que se vuelve menos rígido, se ablanda, se relaja.

Los abrazos me ofrecen un momento de encuentro con el otro, de descanso. Dejo caer mis resistencias para mostrarme, quizá, un poco más vulnerable, como una niña a la que le gusta que la achuchen y la quieran. Me dan seguridad y confianza.

Durante mi formación como coach recibí abrazos así: grandes, generosos, amables, de confianza. Esos reencuentros con compañeros y docentes hacían que cualquier trabajo posterior resultara más fácil; permitían una mayor apertura y confianza en un espacio seguro.

Si me pongo a pensar en cuántos abrazos doy al día, podría enumerar unos cuantos: a mis hijos, a mi marido, a mis perros, a Ana cuando se deja, a una amiga en sus momentos gruñones, a mis sobrinos… y la lista podría seguir hasta el infinito y más allá.

Puede que no te gusten mucho los abrazos o que durante el día no tengas muchas oportunidades de darlos o recibirlos. Pero si de vez en cuando sales a su encuentro, quédate un ratito. Observa qué sientes en el cuerpo, qué te dice el corazón, y cuando poco a poco vuelvas a tu postura, mira a los ojos a la otra persona y siente si se te dibuja una pequeña sonrisa de agradecimiento por el encuentro.

Acuarela de una niña sentada en una silla abrazándose a sí misma

A lo largo del día hay varios momentos que me resultan frustrantes, en los que no todo sale como me gustaría. Me he dado cuenta de que un abrazo a tiempo puede alegrarme el momento. Y si no tengo a nadie cerca, ¿quién mejor que yo para abrazarme?

Es bonito saber que, incluso los días en que no te encuentras del todo bien, puedes abrazarte y cuidarte.

¿Te gustaría hablar de ello?

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