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Ni un día sin aprender

Leía en un artículo que, incluso en el último momento, cuando dejamos de ser, nuestro cerebro aprende. Hasta el último aliento necesita alimentarse de experiencias.

Tenemos muy interiorizado —por los anuncios, las recomendaciones médicas y el entorno— que hacer deporte es muy importante para tener una buena calidad de vida. Ahora empezamos a cuidar también el cerebro.

Los estudios de neurociencia hablan de un cambio continuo en su organización. Siempre aprendimos que las neuronas con las que nacíamos nos acompañaban toda la vida. Ahora sabemos que eso no es del todo cierto.

Se revela su plasticidad, su capacidad de cambio e incluso de crear nuevas neuronas.

Si aprendes un idioma distinto al materno, hay cambios. Si sufres un accidente que te incapacita de algún modo, el cerebro se reorganiza para compensar esa carencia sobrevenida. La práctica de la meditación también modifica su morfología.

Acuarela de una persona pensativa rodeada de bocadillos con una bombilla, un signo de interrogación y otras ideas

He leído muchas cosas al respecto. ¿Sabías que solo al gorila que lidera el grupo se le vuelve plateada la espalda, y que no es una característica genética? Es al ejercer el liderazgo cuando cambia su pelaje; cualquier miembro del grupo que llegue a ese estatus experimentará el mismo cambio. También en los humanos se observan cambios cuando cambia su responsabilidad.

Lo que quiero decir con esta introducción es que nacemos con unas habilidades y unas carencias.

Es nuestra responsabilidad hacer que nuestras capacidades brillen mucho más y que nuestras faltas no nos amarguen la vida: buscar la pasión en las actividades que nos ponen contentos, que nos hacen gritar de alegría, que nos hacen brillar como estrellas.

Mi recomendación de esta semana es que busques algo que te apasione. Déjate fascinar, sé curioso, busca nuevas respuestas y, si quieres, cuéntame después qué has descubierto que te hace tan feliz.

¿Te gustaría hablar de ello?

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