La necesidad de un cambio
Elisabeth Kübler-Ross, en su libro «Vivir hasta despedirnos», nos decía que la pregunta de cómo sacar el potencial de la persona para hacer el bien no se la planteaban quienes se encontraban «en medio del torrente de sus vidas, atareados en desarrollar sus carreras, sus estudios, en la formación de sus familias, en hacer dinero y en preocuparse por el futuro». Eran quienes pasaban por un momento de dificultad o crisis vital los que «se preguntaban qué habían hecho de sus vidas y qué serían capaces de hacer con lo que les quedaba de ellas».
Como uno de tantos sabios anónimos compartió en una ocasión, «las dos grandes maestras de la vida son la atención y el dolor».
Como si de una china en el zapato se tratara, la dificultad, la molestia, viene a nosotros para que le prestemos atención, para que la miremos de frente y demos respuesta a la pregunta que nos está planteando. Pero no siempre nos paramos a observar qué es eso que se nos ha metido en el zapato. Muevo el pie con gran maestría hasta que, o bien consigo desplazar la china a un lado para no notarla, o empiezo a caminar medio a la pata coja.
Estos dos son recursos muy habituales en nuestras vidas: no tengo tiempo, ni ganas, y además no me gusta mirar aquello que puede estar molestándome; y si mis fuerzas flaquean en algún momento, busco una solución rápida e indolora.

Pero si nos paramos unos instantes, nos quitamos el zapato y atrapamos con las manos a la intrusa, de repente se nos dibuja una sonrisa en la cara. Los músculos se aflojan, aliviados de no tener que forzar más la postura, y, como tras un gran esfuerzo físico, soltamos un soplido lleno de satisfacción para coger fuerzas, calzarnos y salir de nuevo a caminar.
Y si además, cuando te paras y miras la china entre tus dedos, puedes darle las gracias, porque en ese momento te das cuenta de que estabas cansado, de que tenías calor, de que a tu alrededor había un paisaje que hasta entonces no habías visto… o simplemente te permites el lujo de acariciar suavemente tu pie y darle el descanso que te estaba pidiendo a gritos.
Algo que a veces olvidamos es que somos tan afortunados que podemos decidir libremente dónde poner la atención: en aquello que haga de nuestra realidad algo más positivo, o en algo que no lo sea tanto y que no nos ayude a caminar más aliviados.
Durante mis años de carrera, uno de los aprendizajes más bellos a los que llegué fue que la «enfermedad» también viene para ayudarnos: para alertarnos de que algo está pendiente en nuestras vidas y de que tenemos que darle el espacio y el tiempo necesarios para prestarle atención y poder resolverlo.