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La magia

Cuando uno es pequeño, todo es pura magia. Las sombras de la habitación se convierten en paisajes de ensueño; debajo de la cama siempre hay un universo oculto; el armario está lleno de personajes increíbles; los muñecos nos hablan; con un poco de tierra, una lata vieja y unas hierbas nos convertimos en chefs de categoría.

El otro día escuchaba a alguien decir que la magia, entre otras definiciones, no es el proceso de hacer un truco: la magia es la emoción que despierta la prestidigitación.

Que las patitas de conejo, los cristales, las piedras, las varitas de madera… cualquier objeto podía tener cualidades mágicas. Solo había que creerlo.

Que la magia nos rodea, decía.

Una amiga me preguntaba el otro día en qué momento dejamos de creer en los milagros, en los momentos extraordinarios.

Yo tengo dos objetos mágicos: mi pintalabios y mi colonia. Un pintalabios de color carmín y una botellita de agua de colonia.

Estas dos cosas hacen que sienta que voy a tener un día casi estupendo. Cuando miro mi reflejo y veo mis labios encarnados, cuando huelo mi colonia… me siento la Reina de los Mares. Es un momento de alegría. No necesito mucho más. Es como si con esos ingredientes se pudiera preparar un día perfecto.

Dibujo de dos mujeres rodeadas de estrellas amarillas, una pintándose los labios y otra perfumándose

Mientras escribo me doy cuenta de que la magia llega cuando me dedico unos segundos a mí misma. No me maquillo para agradar a nadie; no me perfumo para encantar a otros. Lo hago para gustarme yo, para olerme yo. Y eso me pone contenta.

Porque dedicarme unos minutos, unas horas o unos segundos es la mejor inversión que puedo hacer.

¡Vivan las endorfinas!

Busca tu magia.

Escucha esa música que te para el corazón y te pone exultante; baila o canta a pleno pulmón en la ducha esas canciones que te hacen sonreír; cálzate los zapatos que te hacen sentir una diva; pisa los charcos un día de lluvia y mójate mientras imitas a Gene Kelly en «Cantando bajo la lluvia».

¡Hay tantas cosas que crean magia!

Te propongo que cada día busques ese pedacito de magia. Al principio será un ejercicio de conciencia. Con el tiempo, se convertirá en costumbre.

Y llenemos el mundo de magia, endorfinas, alegría…

¡Qué más da!

El premio eres tú.

¿Te gustaría hablar de ello?

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