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Tiempo sin tiempo

Acaba de sonar el despertador. Estoy en mitad de la semana y un alarido mental sale de mi cabeza haciendo coro con el zumbido del aparato. Literalmente me tiro de la cama. He perfeccionado un movimiento para darme la vuelta entre las sábanas que termina con los pies en el suelo. Y una vez en esa posición, el frescor del suelo hace el resto.

Busco las zapatillas a tientas, a toda prisa, porque las temperaturas han bajado.

¡Dichoso suelo congelado!

Corro hacia la cocina y doy de comer a los gatos, que están mucho más despiertos que yo y empiezan a maullar como si llevaran semanas sin comer.

Dibujo de dos personas corriendo por un camino; en la segunda viñeta se preguntan «¿tanto correr para qué?»

Corro hacia el baño, me ducho sin esperar a que el agua se temple porque no tengo tiempo, me visto a toda prisa rezando para que ayer tuviera la cabeza en su sitio y hubiera dejado la ropa conjuntada (no es la primera vez que salgo toda colorida porque no me fijé en lo que había preparado).

Me tomo el café de un sorbo y me como el bollo por el camino mientras con la otra mano me abrocho el abrigo. Voy tan deprisa que no noto el viento frío. Corro, corro y corro. Todo el día corriendo: para coger el autobús; para no perder el metro, atropellando a los viandantes por las escaleras; para llegar a tiempo a todas partes; para comer como un pavo; para tener la casa limpia… Y por la noche, o soy incapaz de dormir porque estoy pasada de revoluciones, o caigo en un sueño profundo y sin ensueños, como un agujero negro del que me despierto incómoda.

¿Te suena?

Hace tiempo decidí que el desayuno era un momento estupendo para preparar mi día. Me levanto un rato antes para no empezar la jornada a la carrera y lo planifico: tareas que no puedo posponer, citas ineludibles, actividades importantes, ratos de ocio…

Y así voy estableciendo prioridades. Lo que menos me gusta lo termino rapidito para quitármelo de encima cuanto antes. A lo que me gusta le busco las horas que más me agradan, para saborear mejor esos momentos.

¿Y si el día se tuerce? Ojos bien abiertos. Un atasco imprevisto, un transporte averiado, una lavadora que se estropea… Hay momentos en que no queda otra que sufrir un contratiempo. Si estoy en la calle, siempre llevo un libro y un cuaderno para dibujar (una vez vi a una señora haciendo punto en un metro parado; adelantó un montón). Puedo enfadarme, ponerme tensa y nerviosa, o mirar alrededor y dibujar, escribir o leer. Recibo esos tiempos como regalos. Si el percance es en casa, intento ponerme manos a la obra cuanto antes. Con música de fondo, a veces las «tragedias» son menos.

Hace tiempo decidí dejar de ser como un hámster que corre en su ruedita. Hay veces que voy rápida y me da tiempo a hacer muchas cosas. Otras, el tiempo se me escapa entre los dedos.

Pero una cosa tengo clara: mi tiempo es mío.

Preciso tiempo necesito ese tiempo
que otros dejan abandonado
porque les sobra o ya no saben
qué hacer con él

— Mario Benedetti, «Tiempo sin tiempo»

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